SOBRE WOKE Y WOKISMO: Una visión crítica (Por Ariel Petruccelli y José R. Loayssa)

El adjetivo Woke*y el substantivo «wokismo» se ha convertido en un término habitual en los discursos de la derecha populista autoritaria y ha devenido un elemento esencial de la «ofensiva cultural conservadora» en algunos países. No se puede negar que la denuncia del pretendido o real wokismo ha tenido un impacto considerable en la esfera pública y que forma parte de la promoción de una cultura y sentido común reaccionario. Aunque la crítica derechista al wokismo (a diferencia de otras, realizadas desde otras perspectivas), suele estar basada en groseras deformaciones, o precisamente por eso, es necesario preguntarse por qué la derecha insiste en esta crítica y, sobre todo, por qué parece que les resulta políticamente rentable para su objetivo, que no es otro que deslegitimar las luchas por la justicia social y los derechos humanos, caricaturizando ciertas posiciones que se dan dentro de estas luchas.

Hace unas semanas la revista Viento Sur ha publicado una denuncia de esa manipulación1. La denuncia es necesaria, pero no es suficiente y, desde nuestro punto de vista, deja de lado cuestiones esenciales. En concreto, habría que preguntarse si existen debilidades en los planteamientos de los movimientos por la justicia social y los derechos humanos que faciliten que sean calificados de «woke» y, en segundo lugar, tratar de dar con las claves del por qué esos ataques tienen éxito y son aceptados por sectores de las capas populares. En este texto nos concentraremos en la primera cuestión.

¿En qué sentido y medida podemos hablar de «wokismo»?

Es necesario reconocer que, a pesar de la utilización interesada que hacen los abanderados de la revolución conservadora y libertariana, toman como referencia a posiciones y perspectivas específicas que han tenido y tienen presencia dentro de los movimientos que se oponen a muchas formas de opresión, violencia y discriminación del modelo social imperante (aunque poco y nada a las formas de explotación).

En primer lugar, cabe señalar que no todos los movimientos que luchan por la transformación social y la emancipación pueden ser calificados de «woke», sin embargo, existen corrientes que presentan rasgos específicos que corresponden con algunas de las posiciones que se asocian al concepto «woke», y que esos rasgos incluso han penetrado en movimientos que proceden de otras tradiciones. El «wokismo» consistiría en una renacida perspectiva crítica (tiene elementos comunes con el socialismo premarxista), que en las últimas décadas ha desplazado en la práctica a otros puntos de vista que tomaban como referencia al marxismo o al pensamiento anarquistalibertario más elaborado. Pensamos que no sólo asistimos al crecimiento de corrientes puramente «wokistas»: lo más peligroso es que han contaminado la cultura y la actitud del grueso de los sectores que luchan por el cambio social, incluyendo aquellas corrientes que provienen de las tradiciones del movimiento obrero clásico. Un proceso que ha sido favorecido porque los movimientos críticos están siendo protagonizados por individuos de la clase media progresista «ilustrada», siendo la presencia de trabajadores manuales muy escasa a nivel organizativo en la mayoría de ellos.

Intentaremos definir cuáles son la características que, desde nuestro punto de vista, se asocian al «wokismo», ya que éstas son las que se deben analizar críticamente; y no tanto un inexistente movimiento puramente «woke» que se autodefina como tal. En teoría, el término «Woke» se creó como significante de la necesidad de «despertarse», de ser capaz de percibir y reaccionar ante las injusticias. Indudablemente se trata de una recomendación positiva y necesaria. Pero como el propio término «Woke» sugiere, la llamada en la práctica se concreta en el nivel microsocial, en las relaciones e interacciones sociales cotidianas. No es una llamada a apuntarse a club de lecturas de El capital. Reclamar la necesidad de despertarse tiene sentido cuando se refiere a detectar injusticias y discriminaciones que se vivencian y experimentan, aquellas en las que una persona es protagonista o testigo directo y que pueden pasar desapercibidas como tales, por estar enmascaradas o ser sutiles. Es necesario despertarse para que no pasen desapercibidos eventos que muchas veces no son explícitos y claros y, por lo tanto, no son fácilmente cuestionables y discutibles. La llamada a «despertar» tendría poco sentido si el trato injusto o la discriminación fuera evidencia constatable y demostrable sin dificultad. Sólo la sensibilidad personal de la víctima «despierta» es capaz de identificar agresiones y abusos que en muchas ocasiones no se pueden demostrar con la mera observación externa de una persona no implicada aunque presente.

La duda que surge es inmediata: ¿no podríamos propiciar una subjetividad hipersensible e «interpretar» como agresiones, abusos y discriminaciones hechos ambiguos que permitirían otra interpretación legítima, cayendo así en la intolerancia de ver cualquier detalle como expresión de una conducta indeseable a perseguir?

Wokismo: una visión centrada en la micropolítica

Otro rasgo de la perspectiva «woke» es que ve la opresión y discriminación no principalmente como el resultado de procesos sociales explícitos, ni de leyes discriminatorias o de diferencias en derechos reconocidos, sino como el producto de factores psicoculturales que impregnan todas las interacciones de forma invisible y que, como hemos dicho, muchas veces hay que tener especial sensibilidad para percatarse.

No son normas, leyes o formas de organización las responsables de la discriminación de grupos identitarios, sino las relaciones intersubjetivas activas que tienen lugar en determinados contexto. Sin embargo, abogan por medidas legales de discriminación positiva. Su objeto son relaciones producto de rutinas y hábitos sociales, de estereotipos y prejuicios actuantes. Las discriminaciones y desigualdades que pone en el centro de la lucha, de este modo, se ven como dependientes de elementos intangibles y etéreos (machismo, racismo) que impregnan las interacciones sociales, y no tanto de leyes o mecanismos sociales explícitos.

Con lo cual describir y analizar estructuras sociales pasa a ocupar un lugar secundario para la perspectiva woke, su interés se concentra en la micropolítica, que a su vez implica enfatizar como aproximación epistemológica lo subjetivo, las vivencias y percepciones de los protagonistas en esas interacciones, preferentemente las victimas designadas.

El lugar de la Ciencia

Las corrientes woke insisten en un subjetivismo que, enlazando con el postmodernismo, en la práctica reniega que la meta sea alcanzar la verdad objetiva. No se trata de una aguda conciencia de las dificultades que entraña la búsqueda de un conocimiento objetivo sino del rechazo de la posibilidad o deseabilidad de esa meta. Se subraya la importancia de las experiencias vividas y los puntos de vista subjetivos, poniéndose del lado de las perspectivas individuales y colectivas de los que sufren discriminación y abusos en razón de su identidad. Se defiende la cuestionable proposición de que ser oprimido, explotado o hallarse en una posición de subalternidad, da las claves para entender la realidad, el acceso directo al conocimiento verdadero. Así como ser indígena afrodescendiente, mujer o «LGTBI» no debería representar una desventaja, tampoco puede otorgar virtudes a priori o algún tipo de privilegio para conocer la realidad, sin caer en una especie de demagogia epistemológica. La idea parece ser que los oprimidos deben ser conscientes de su esencia y deben reescribir su historia y su presente partiendo de sus experiencias que encierran una verdad que una perspectiva externa, «científica», no puede contrastar ni mucho menos cuestionar.

Así, la ciencia es vista como tendente a convertirse en cómplice de la opresión. Es por ello que la contraponen a otras formas de conocimiento que se deben priorizar sobre los enfoques científicos «occidentales», como son las narrativas experienciales y tradicionales. Se busca transformar la producción de conocimiento, desafiando normas empíricas a favor de narrativas que reflejan experiencias marginadas. Se señala correctamente que la ciencia puede ser manipulada (ya que los científicos son manipulables) y se pueden alterar las normas y procedimientos o incluso el método aplicarse de forma inapropiada. Pero que la ciencia pueda perder su objetividad y sus estudios sufrir sesgos que comprometan la veracidad de sus resultados, no nos debería conducir a renunciar a la búsqueda de la verdad objetiva (una verdad siempre provisional y desafiable).

Debemos seguir reclamándonos del valor de la indagación científica y racional; adoptar el subjetivismo como fuente primordial de conocimiento es sumamente peligroso, pueden caer en narrativas mágicas o cuasi-religiosas que son mucho más manipulables que la ciencia, al carecer, como ésta, de controles específicos para evitarlo. Eso sin contar con la tendencia a un sesgo de carácter oscurantista, capaz dar por cierto cualquier relato si proviene del grupo con el que simpatiza2.

Altruismo moralizante

Por otro lado, el discurso «Woke» es tremendamente moralista, en cada interacción hay un(os) opresor(es) potencial(es) y unas víctima(s) propiciatoria(s), mientras no se demuestre lo contrario. Cualquier interacción, en principio, está contaminada por líneas de poder desigual que no dejan ningún campo social indemne. Así, la llamada a despertarse no sólo se dirige a los oprimidos, sino a aquellos que no la sufren para que sean sensibles a la opresión de otros y eviten convertirse en cómplices activos o pasivos.

Para no convertirte en opresor, si no pertenecés a un grupo identitario desfavorecido, es necesario un continuo examen autocrítico. Un examen autocrítico que coloca las cuestiones de clase y desigualdad económica en un segundo plano frente a las diferencias identitarias. Así por ejemplo, en una universidad una profesora puede sentirse socialmente discriminada a pesar de situarse dentro del quintil más elevado de ingresos de un país a la cabeza de la riqueza mundial. La base de partida es que los que no son víctimas de una opresión tienden a ser cómplices, cuando no beneficiados directos de ésta. Se tiende a personalizar la discriminación, son personas concretas las que la ejercitan, concretando esos flujos de poder desigual en la práctica. Despertarse no tiene tanto que ver con el «qué hacer» de Lenin, sino con el cómo comportarse como personas ofreciendo un «nuevo manual de urbanidad». Este abandono del foco en el papel fundamental de las relaciones y lógicas económicas que concentran la riqueza y el poder en una minoría, lleva a situarlo en diferencias individuales de poder y la posición desigual de los participantes en las interacciones sociales diarias.

Curiosamente, el wokismo no sólo significa perder un horizonte universalista en favor de un refuerzo de la identidad grupal, sino que esta identidad anula las diferencias individuales. En cualquier interacción intervenimos como miembro de un grupo más que como un individuo con nuestras creencias, valores y personalidad. Cualquier conflicto es visto desde esta perspectiva en clave «política». Sin embargo los conflictos y roces personales son inevitables, siendo los factores personales determinantes. «Lo personal es político» es un exitoso slogan, pero no contribuye a entender muchos conflictos que se producen a nivel interpersonal. Lo personal es personal aunque esté «contaminado» por factores sociales y políticos. Politizar eventos personales y subestimar los determinantes individuales es muy peligroso, cuando se producen en contexto organizados puede dar lugar a desenlaces catastróficos, como estamos viendo.

La militancia política bajo la lupa

La llamada a hacerse consciente del propio papel es especialmente relevante para los activistas y militantes organizados. El wokisimo no es sólo ni principalmente una propuesta o una estrategia de acción política, sino una llamada a comportarse como individuos «conscientes» en las relaciones en la vida cotidiana y con más razón en las que tienen lugar en la vida interna de las organizaciones. Se plantearía que la tarea es conseguir que las organizaciones deben acometer la tarea de prefigurar las relaciones del futuro, objetivo loable siempre que se acepten las limitaciones y las contradicciones que supone vivir en un mundo con valores que rechazamos, pero que penetran todas las relaciones sociales.

Si es importante que las organizaciones eviten reproducir relaciones de abuso y explotadoras, un énfasis excesivo en «detectar» comportamientos o relaciones inadecuadas puede llevar a crear un clima inquisitorial de sospecha y vigilancia y favorecer «purgas» individuales. Se podría demandar a los miembros de la organización que para participar de forma creíble en la acción política, una actitud «wokista» de permanente cuestionamiento y disposición autocrítica, especialmente si perteneces a los colectivos «privilegiados».

Existe la duda de si esta reclamación de un proceso de auto-reflexión e introspección permanente pueda tener efectos paralizantes, y si esta demanda no implica sobrestimar la potencialidad que el autoconocimiento individual para desafiar las potentes fuerzas materiales que generan y mantienen la opresión en el capitalismo.

También, y debido a estos mismos condicionantes materiales, es justificable considerar que los individuos de los grupos más desfavorecidos o discriminados no necesariamente están libres de esas tendencias a interacciones no igualitarias.

Solidaridad Humanitaria u Obrera

La llamada «woke» tiene, como hemos dicho, un destacado componente moralista, que no sólo generaliza a toda interacción la distinción entre privilegiado y oprimido. A los sectores declarados favorecidos se les pide que se pongan en el lugar de los que lo son menos y que no dirijan sus luchas a defender sus intereses sino que mantengan una actitud «altruista». Defienden un planteamiento de la solidaridad como renuncia a buscar el propio bienestar, y como apoyo a los que tienen menos. Esto choca con la tradición que representa la solidaridad obrera, que en ningún caso se puede considerar equivalente a la solidaridad humanista. La solidaridad en el movimiento obrero tradicionalmente se concibe como apoyo entre iguales que comparten los mismos intereses a largo plazo; no, al menos inicialmente, con el compromiso con los derechos de otros. En el curso de su experiencia diaria de trabajo común, los trabajadores aprenden a darse cuenta de que su propio bienestar está ligado al de los demás. Con ello, los obstáculos normales para la acción colectiva se reducen. Pero ese proceso es una adquisición debida a la experiencia, no es un percepción preexistente, una expresión de un humanismo previo (pueda este existir o no en cierta medida). En el curso de los conflictos diarios inevitables se empieza a considerar cómo sus acciones afectaran a sus compañeros; se forma así un sentido de obligación y compromiso con el bien colectivo.

Cuando los trabajadores comienzan a ver al bienestar de sus compañeros como algo que les concierne directamente, desarrollan un ethos solidario que contrarresta los efectos individualizadores generados por el capitalismo. Este ethos permite la creación de la identidad colectiva que, a su vez, es la expresión cultural de la lucha de clases. Si la profunda heterogeneidad de la clase obrera actual es un obstáculo formidable para alcanzar esa identidad e ir más allá de la solidaridad con los compañeros más inmediatos ante situaciones compartidas, imaginemos lo difícil que puede ser vivenciar los vínculos que relacionan su exploración y opresión con la de otros grupos, grupos con los que no se comparte una experiencia de resistencia y lucha concreta común.

Un ejemplo de la escasa virtualidad política que Marx y Engels otorgaban al altruismo humanista, se da cuando impulsan la transformación de la Liga de los Justos en la Liga de los Comunistas. Proponen cambiar el lema de esta organización que era «Todos los Hombres son Hermanos», por el de «Proletarios de todos los países, uníos». Episodio que es una de las escenas finales de la película El Joven Marx. La solidaridad humanista no ha demostrado un gran potencial como impulsora de la transformación social.

Desborda los objetivos de este escrito analizar la razones de este hecho, del que el marxismo tomó pronto nota. La economía política no es filosofía moral, pero la crítica de la economía de Marx no está en absoluto exenta de moralidad. Desde el principio, ataca con claridad la sociedad existente. Sin embargo, su crítica del capitalismo no se centra en cuestiones morales o éticas; no se trata de una acusación contra la «injusticia social» que crea o incluso su «inhumanidad».

Marx y Engels combaten a sus predecesores y contemporáneos de la izquierda precisamente por su fatal tendencia a la pura (o predominantemente) «crítica moralizante»3. Para ellos, la explotación es un hecho empírico e histórico, constitutivo del capitalismo moderno, un hecho inherente a las relaciones asalariadas que sobre todo necesita ser analizado y explicado. De este modo pensaban que la crítica a la injusticia que crea el capitalismo no era la base esencial para construir la oposición a éste, era necesario tomar en consideración sus contradicciones y tendencias autodestructivas y su capacidad de producir movimientos de masas contrarios a su explotación y sus crisis inevitables. Al mismo tiempo consideraban que el capitalismo crea las condiciones materiales y sociales que hacen históricamente posible una sociedad no capitalista.

La defensa de los grupos discriminados, ¿quién es el enemigo?

El problema no es que el «wokismo» defienda los derechos de grupos discriminados. El problema reside en cómo aborda esta lucha. Implícitamente, ve esa lucha como un enfrentamiento con los que no la sufren, que son fundamentalmente los que deben «despertar» porque se benefician de esa discriminación, que les coloca en posiciones de privilegio. No se trata tanto de una batalla política como cultural. Además no tienden a ver la lucha económica como trabajadores como un elemento central de la lucha por la emancipación. Frente a los que denuncian que la campaña antiwoke es un intento de dividir a la clase trabajadora, hay que decir que el «wokismo» ha facilitado el relegar la lucha obrera, subrayando que dentro de ésta encontramos grupos privilegiados y discriminados. De este modo, ser miembro de la clase obrera blanca, «cis» y masculina te convierte en principio en sospechoso de complicidad con las opresiones específicas de los grupos discriminados.

La tentación que hemos señalado de extender la etiqueta de privilegiado a sectores de la propia clase obrera es tremendamente negativa. Es una lógica perversa considerar privilegiado a los que no sufren una forma particular de opresión salvo tener que vender su fuerza de trabajo4.

Nos tenemos que preguntar si se pueden considerar privilegiado un trabajador del norte global que tenga un empleo estable y un salario que permite una vida con un nivel de comodidades que no se limite a la mera supervivencia biológica, cuando esto se logra a costa de un trabajo enajenante y que supone un alto grado de desgaste físico y psicológico. ¿Estamos realmente ante privilegios que se deben «transferir» a otros, o ante derechos a los que todo el mundo debería poseer? Es una diferencia no tan sutil, ya que una u otra alternativa tiene implicaciones estratégicas y condicionan de forma indiscutible las propuestas políticas que se levantan y los discursos y slogans con los que se defienden éstas.

Un lema habitual como «que nadie quede detrás» ofrece una lectura ambivalente, ya que podría parecer que se propone luchar por los derechos y reivindicaciones de otros, los más débiles que nosotros, no una lucha común por los intereses y reivindicaciones de todos. Una lucha que tiene como enemigo una clase dominante explotadora cuyos privilegios son infinitamente mayores que los determinados por cualquiera de los ligados a las discriminaciones «identitarias». Aunque estas en modo alguno deban obviarse.

También la consigna «reparto de la riqueza» se formula de un modo que parece sugerir que la clase media en su conjunto e incluso sectores de las clases trabajadoras deben renunciar a parte de su bienestar para favorecer a los más necesitados. Aunque no me adentraré en esa línea argumental, hay que señalar que no debería extrañarnos que el discurso de la extrema derecha penetra en grupos sociales que no se pueden considerar parte de las clases dominantes, debido a que estos sientan amenazados sus intereses.

No situar la división central entre privilegiados y desfavorecidos por su lugar en las relaciones de producción, divide a las clases populares en función de criterios que pueden favorecer a las clases dominantes. El argumento de que la mitad de la clase obrera sufre otras discriminaciones como ser mujer, «LGTBI» o estar racializado, tiene una validez limitada, cuando estos grupos también se encuentran entre los poderosos, claramente en el caso de la mujer que constituyen la mitad de estos, como en el caso de los homosexuales que cada vez tienen mayor visibilidad. Las personas racializadas en el norte global ciertamente tienen menos presencia, aunque distan de estar ausentes.

La centralidad de la contradicción capital-trabajo no se justifica por la cantidad de opresión y explotación que supone frente a otras fuentes de desigualdad y negación de derechos, sino por su carácter «estratégico» para levantar una alternativa al capitalismo. No se trata de que la clase obrera se comprometa específicamente con las reivindicaciones concretas de otros grupos por altruismo, ni siquiera para ganar aliados, sino que cuando se desarrolla su conciencia política, esta se despliega en principios universalistas de lucha para la igualdad plena para todos.

Concluyendo apuntes críticos

El subjetivismo, el moralismo, el énfasis en las interacciones subjetivas frente a los determinantes estructurales de estas, convierten al wokismo en una corriente que no coloca en el centro la transformación social sino los cambios en la vida cotidiana. Sustituye la idea de revolución por una suerte de reformismo que reivindica la «justicia social» pero no subraya el papel de la propiedad privada de los medios de producción y la explotación de la clase trabajadora.

Frente al subjetivismo «wokista» nos debemos reivindicar de una perspectiva centrada en enfatizar las lógicas y estructuras socio políticas y económicas. Como materialistas deberíamos reivindicar la necesidad de análisis de la realidad de forma lo más objetiva posible, porque las perspectivas y percepciones individuales no son suficientes para comprenderla, sino que es necesario apelar también a los métodos de las ciencias humanas, que por supuesto tienen en cuenta datos experienciales y subjetivos, pero debidamente contrastados y compensados. La etnografía, por ejemplo mantiene, una visión global del ámbito social estudiado desde distintos puntos de vista: un punto de vista interno (el de los miembros del grupo) y una perspectiva externa (la interpretación del propio investigador).

La defensa de los intereses de los grupos discriminados en razón de su identidad no debe ser abandonada. Debemos construir organizaciones centradas en defensa de los intereses de los trabajadores pero que asuman la lucha contra otras opresiones, no sólo para tejer alianzas, sino porque el objetivo final es la emancipación de todos. Los movimientos por los derechos de grupos oprimidos concretos no son una alternativa porque ni tan siquiera existe una solidaridad establecida entre ellos (que también debe construirse). El enfrentamiento de sectores «trans» contra los derechos de las mujeres es sólo un ejemplo. Este mismo rechazo lo encontramos entre grupos racializados, algunos de los cuales destacan por culturas que ponen en cuestión los derechos de las mujeres. Incluso entre los diferentes grupos racializados vemos enfrentamientos como ocurre en nuestro país entre poblaciones latinas y de origen magrebí, siendo estos últimos muchas veces víctima del rechazo racista de aquéllos.

En resumen, si bien el «wokismo» ha sido utilizado por la derecha conservadora para cuestionar reivindicaciones y derechos de grupos sociales oprimidos, no debería implicar respaldar algunas perspectivas que se asocian a estas corrientes y que no favorecen la construcción de alternativas políticas por un cambio social efectivas. Uno de los efectos de la posiciones «wokistas» es favorecer la penetración de discursos reaccionarios en las clases trabajadoras y dividir a éstas. Tampoco las propias organizaciones están a salvo de las cruzadas moralizadoras que pueden justificar campañas inquisitoriales. La defensa de los derechos de los grupos con opresiones específicas diferentes a la condición obrera debe ser respaldadas desde ópticas que favorezcan su alianza entre sí y con los trabajadores en pos de un socialismo emancipador.

NOTAS:

*Nota de los autores: Este artículo fue remitido a la revista Viento Sur ya que estaba motivado por un artículo que habían publicado previamente, y pretendía ofrecer una visión mas amplia que éste del fenómeno «wokista» y sus consecuencias políticas. La sorpresa no fue tanto el rechazo sino la oscuridad de las razones ofrecidas. Inicialmente no respondieron al envío ni siquiera con una acuse de recibo, y su contestación sólo llego después de insistir. El primer correo se limita a señalar que al parecer no ha habido unanimidad en el comité de redacción. Cuando se solicita que sean más específicos no formulan ninguna crítica ni al contenido ni a su forma pero añaden que con el articulo anterior que ya habían publicado daban por zanjado el tema y que no pretendían abrir ninguna polémica. Creemos que la falta de honestidad de los editores de Viento Sur es patente; sabíamos que la narrativa que mantiene la revista es diferente a la posición que sostiene este articulo, pero la pregunta es por qué no lo dicen claramente y señalan que estas posiciones no son aceptables y por qué. Señalar que no es la primera vez, con temas muy diferentes, que esto ocurre y nunca hemos recibido razones claras. Creemos que es un caso claro de evitar debates incómodos que puedan desafiar a las narrativas «autorizadas» sobre una serie de cuestiones. Debemos añadir que hace 2-3 meses Loayssa publicó un texto en Viento Sur pero, por lo visto, no era en un tema «polémico».

1 Óscar Simón Bueno, «WOKE: Una perspectiva de clase», nota publicada en Viento Sur el 10 de marzo de 2025.

2 Lucía Caisso y Ariel Petruccelli, «Milei y su cruzada antiwoke: una mirada de izquieda», publicado en Kelewche el 2 de marzo de 2025. Reproducido en el blog de VyS aquí, con una aclaración preliminar acerca de la diferencia entre posiciones.

3 Michael R. Krätke, «Kant y Marx», artículo publicado en Sin Permiso el 2 de enero de 2025.

4 Claire Laker-Mansfield, «Reseña del libro: Minority Rule de Ash Sarkar», nota publicada en Socialist Alternative el 7 de marzo de 2025.

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