IR AL HUESO: Sobre las palabras, la estrategia y el horror

El partido de Jorge Altamira ha publicado en estos días un Manifiesto de Política Obrera hacia su Conferencia Nacional, 21 y 22 de noviembre de 2026, con el título Ante un ‘año electoral’ surcado por un impasse catastrófico. Política Obrera es un resultado ejemplar de la lógica trotskista: Altamira impulsó y condujo una política que, tras ser expulsado de su propio partido, ahora critica. Pero la critica sin modificar los presupuestos comunes, sino apenas matizando algunos y exagerando otros. ¿Para qué? Para justificar la existencia de Política Obrera como grupo. El texto comienza así:

En tres años de gobierno, Milei ha consumado una verdadera contrarrevolución social. […]

La camarilla liberticida sigue fuertemente animada igualmente a producir una contrarrevolución política. No se trata sólo de los «protocolos» de la represión. En estos tres años se ha producido un refuerzo colosal del sistema de infiltración y espionaje. […]

Esta contrarrevolución social y política ha recibido la colaboración, cuando no el apoyo flagrante, de los partidos políticos del sistema capitalista y de la burocracia de los sindicatos y de la CGT. Estos partidos se han sumado a la inversión de rumbo hacia la derecha de la política latinoamericana.

Según esas líneas, hay una contrarrevolución en curso… que decanta en un año electoral… y el partido que elaboró esa caracterización anuncia públicamente una conferencia nacional con fechas puntuales. En otras palabras, existiría una amenaza física real para los activistas y militantes… junto al desarrollo normal del calendario institucional democrático… y una convocatoria pública de la organización que dice correr el riesgo de ser masacrada en cualquier momento. Un juicio templado haría esta observación: raro. Sigamos leyendo:

Argentina, de conjunto, se encuentra en una situación de «impasse catastrófico». En ausencia de un movimiento de lucha y de organización poderoso de la clase obrera, todas las fuerzas del pasado se ofrecen como una nueva oportunidad. Las cuestiones históricas que no sé [sic] superan retornan a la superficie a los aparatos políticos del pasado. La agenda de una «reforma política», acerca del régimen de partidos y de la suspensión de las Paso, reflejan la ilusión de una continuidad del sistema político agotado.

Si la burguesía lleva adelante una contrarrevolución, si el impasse es catastrófico, si no hay un movimiento de lucha y organización de la clase obrera, si las fuerzas del pasado reflejan «la ilusión de continuidad de un sistema político agotado», ¿qué significa para un militante de Política Obrera ese agotamiento del sistema político? ¿Cómo convive ese agotamiento del sistema político la denuncia de una reforma política que atenta contra la personería electoral de Política Obrera? Las tareas urgentes se establecen así:

Llamamos a defender el derecho a la legalidad política integral contra la reforma política proscriptiva, que en nuestro caso es el derecho a levantar una tribuna obrera y socialista contra el gobierno del ajuste y la guerra internacional.

Insistimos: si la clase enemiga ha avanzado y avanza, si no hay luchas, si nos encontramos en un impasse electoral, si en semejante escenario se perfilan como posibles triunfadoras algunas de las fuerzas burguesas («del pasado»), ¿qué lee un militante de Política Obrera en la frase «sistema político agotado»? ¿Y por qué cuestiona el electoralismo, más exitoso, del Partido Obrero? Continuemos leyendo (resaltamos):

Política Obrera, nuestro partido, discutirá esta situación de impasse catastrófico en una Conferencia Nacional, en noviembre próximo. Para impulsar una huelga política de masas contra el régimen de los criminales sociales de Milei y Caputo y la ocupación de los lugares de trabajo que despidan o cierren.

Los militantes de Política Obrera, cuando leen en ese pasaje el verbo «impulsar», ¿inteligen la decisión de dar empuje a una acción? ¿Leen ahí que llevarán a cabo actividades tendientes a provocar «una huelga política de masas» y «la ocupación de los lugares de trabajo que despidan o cierren»? O leen, en verdad, la decisión de alardear de algo que no están en condiciones de concretar. ¿Puede Política Obrera revertir la «ausencia de un movimiento de lucha y de organización poderoso de la clase obrera», reconocida líneas arriba?

Política Obrera se escandaliza con el resultado de sus análisis, a la vez que se inflama con la fantasía de sus tareas. Pero tanto la idea de una contrarrevolución en marcha a la que se le quiere discutir un piso electoral proscriptivo, como la idea de una huelga política de masas con ocupaciones de fábricas impulsadas por un grupo que no pudo evitar la expulsión humillante de su propio partido, ¿contemplan en algún momento a las masas trabajadoras reales? Un militante de Política Obrera, ¿se imagina a sí mismo impulsando una huelga política de masas?

A nuestro juicio, todo esto es hacer mala propaganda y mala agitación: pocas ideas para pocos. De otra manera es difícil entender cómo leen sus propios textos (resaltamos):

Bajo la actual crisis y el actual derrumbe social, las reivindicaciones más elementales, emprendidas de un modo consecuente, llevan a un choque político con el Estado. En la lucha política que tenemos por delante, Política Obrera, nuestro partido, intervendrá con un programa: salario y jubilación mínimos igual a la canasta familiar, hoy en 3,6 millones de pesos, contra la contrarreforma laboral y todas las formas del trabajo precario; en defensa de todas las prestaciones sociales –alimentarias, discapacidad– reforzadas en un 100% y ajustadas mensualmente con la inflación; frente a la crisis de endeudamiento de los trabajadores; repudio de las deudas usurarias, control obrero y nacionalización de la banca y de las billeteras virtuales; repudio de la deuda pública soberana; anulación de los tarifazos. Abajo la reforma política proscriptiva, los servicios de inteligencia del imperialismo, el Escudo de las Américas y el policíaco «Consejo de Seguridad Nacional».

Cuando un militante de Política Obrera lee «choque político con el Estado», ¿piensa que se trata de una política general (salario mínimo) y, por tanto, la fija y defiende el gobierno? ¿O cree que esos reclamos llevan a cuestionar al Estado burgués y a abrir la puerta al socialismo? Cuando lee «emprendidas de un modo consecuente», ¿se le cruza en la cabeza con la afirmación previa, sobre «la ausencia de un movimiento de lucha y de organización poderoso de la clase obrera»? Y si se le cruzan las dos frases, ¿cómo concibe la atribución de inconsecuencia a algo que está ausente?

El horror, el horror

En nuestras notas y artículos solemos referirnos a los dirigentes de los partidos con los que intentamos polemizar. Son esos dirigentes quienes fijan las políticas y, por lo tanto, son quienes podrían (y no pocas veces deberían) responder por las inconsistencias y los fracasos de esas políticas.

Esta vez quisimos enfocarnos en cómo leen los militantes. Nos motivó un compañero al señalar que nuestros textos son excesivamente largos y recomendar, de paso, que tratáramos de «ir al hueso». A menudo hablamos de los comentarios que nos llegan, por mail o a través de las redes, y reflexionamos al respecto. En este caso, no ignoramos que el principal inconveniente en la elaboración de los textos es nuestra propia impericia. No nos jactamos de ella. Es un problema.

Desde aquí leo es un libro que compila 37 publicaciones de Tim Parks para el New York Times Review of Books. Al comienzo del libro, el autor se refiere al problema de lo simple y lo directo en la escritura. Y dice:

Hay palabras que sólo designan cosas de la naturaleza: un guijarro, un árbol. Hay palabras que describen objetos que creamos: conocer la palabra «silla» es entender el paso que hay de estar de pie a sentado y apreciar el modo en que el cuerpo humano se amolda a ciertas formas y materiales. Pero también hay palabras que vienen provistas de narrativas enteras, o más bien que no pueden venir sin ellas. La única manera en que podemos entender palabras como «Dios», «ángel», «Diablo», «fantasma» es a través de historias, ya que estas entidades no pueden ser conocidas por otros medios, o no por gente como yo. Aquí no sólo la palabra es inventada –todas las palabras lo son–, sino que el referente también lo es, y se le ha adaptado una historia.i

Alguien podría reprocharnos que una cosa es «ángel» o «fantasma» y otra muy distinta es «huelga» o «contrarrevolución». Y sería cierto si nos quedáramos en el plano descriptivo o semántico, en el mero decir algo con un significado. Pero la política se caracteriza por un empleo perlocutivo de las palabras, esto es, por un uso que tiene el propósito de realizar acciones concertadas. De manera que cada corriente política comprende lo que lee (o escucha) en el marco de una narrativa que dota a las palabras de un sentido vinculado a la acción, a la tarea, al quehacer en el mundo.

Las palabras de la política se refieren a la objetividad de la acción fuera de las palabras, no a las palabras mismas. Las palabras no cambian el mundo. Sólo la acción humana, organizada con arreglo a fines, motivada por las palabras, puede hacerlo. Pero estas palabras, como dice Parks, se leen dentro de una narrativa. «Fascismo» y «contrarrevolución», por ejemplo, no se parecen a nada que estemos viviendo en este momento. Son como «Diablo» y «Dios»: nada que podamos conocer. Sin embargo, esas palabras existen en una narrativa, la del progresismo, que hace inteligible su aparición simultánea con la demanda de no aumentar los requisitos electorales.

¿Estamos diciendo que los militantes de Política Obrera son poco inteligentes o que tienen dificultades para leer? No. Estamos diciendo todo lo contrario. Nuestro cerebro (un órgano evolucionado para la supervivencia) nos preserva de la debacle del sinsentido. Lleva a cabo eso que desde Hesíodo los griegos llaman «El triunfo del cosmos sobre el caos». Política Obrera, como la mayoría de los militantes de izquierda, se encuentra inmerso en una narrativa que le da sentido a sus palabras y que, también, regula sus querellas. Los grupos de izquierda pelean de modo reglamentario, dentro del lenguaje de la transición y la prefiguración.

Nuestros textos provocan rechazo, como dijimos, a causa de nuestra ineptitud. Una falta de habilidad que, para colmo, se despliega en textos demasiado largos. Sin embargo, detectamos otras causas operando de vez en cuando. El aburrimiento y el horror vacui, por ejemplo, la falta de estímulos y el temor al vacío, que surgen cuando otra narrativa –lo que nosotros llamamos estrategia– cuestiona el suelo que pisamos, los vínculos establecidos, las aprendidas articulaciones del mundo.

El rechazo a ciertas lecturas puede ser la natural reticencia del cuerpo –y del cerebro en el cuerpo– a abandonar no tal o cual aspecto de una estrategia, sino la estrategia misma.

NOTAS:

i Tim Parks, Desde aquí leo, trad. Dennis Peña Torres, México, FCE, 2017, p. 4.

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