Más allá de algunas diferencias que en este momento son irrelevantes (pero que en el futuro pueden ser graves), hoy la mayoría de los venezolanos compartimos las mismas emociones e ideas. Después de más de veinticinco años de régimen chavista, tenemos la esperanza de un cambio de gobierno, de la recomposición de un orden social mínimamente democrático. También, la angustia de que ni siquiera con la tragedia de hoy algo de esto sea posible.
Escribo entonces mi opinión para los no venezolanos.
Es inadmisible, sin matices, que un país ataque militarmente a otro de esa manera. Incluso cuando se trata de la captura de un auténtico dictador, que además es un asesino. La sensación al ver nuestra propia capital siendo bombardeada por fuerzas extranjeras es muy difícil de describir. Pero a ninguno de nosotros nos sorprende ya la violencia en nuestro país, pues se convirtió en un hábito. No tengo la menor compasión por los agentes del SEBIN, muertos esta madrugada en medio de las operaciones.
En Venezuela se intentaron todos los medios posibles por salir de la dictadura, tanto en las urnas como en las calles. No hubo falta de voluntad y tampoco de mártires: no es casualidad que el peor centro de torturas del continente quede en el centro de Caracas. Sin embargo, después de largos años de lucha contra el terrorismo de Estado, después de 8 millones de exiliados, de prensa censurada, de abusos legales y medidas anticonstitucionales, de sindicatos tomados, de persecuciones y proscripciones, de militantes y organizaciones desaparecidos, de represión paramilitar en los barrios más pobres, de tribunales militares y ejecuciones extrajudiciales, de tanques y gases ante las protestas más espontáneas, de mentiras y manipulaciones mediáticas, de vivir bajo sistemas de salud, transporte y educación arrasados, y después de la catástrofe misma de una hambruna en los años previos a la pandemia — después de todo eso, la derrota de la clase obrera venezolana, sin duda, ha sido completa.
Y no sólo lo fue de manera objetiva y material; también lo fue de manera subjetiva. Está en el furioso anticomunismo de una población que, hasta hace poco, había sido tradicionalmente abierta e inclusiva. Está en un dolor que se manifiesta en la frustración y en la incomprensión con que se suele entorpecer, casi de inmediato, los intercambios políticos en el extranjero.
La economía de Venezuela depende efectivamente en un 90% del petróleo; Chávez y Maduro destruyeron una de las más eficientes industrias petroleras del mundo, llevándola a su suelo histórico productivo. Fueron ellos quienes comenzaron, ante el declive, la gradual privatización de PDVSA mediante empresas mixtas: concesiones a Chevron (EEUU), Repsol (España), Maurel (Francia), a empresas chinas y rusas. De 3,4 millones bdp antes del chavismo, se bajó a menos de 1 millón. Además de esta debacle, la totalidad de los planes de industrialización del país fracasaron, así como los planes de agricultura. Las sanciones económicas internacionales existieron, y empeoraron la situación. Pero llegaron en 2019, y para ese entonces la economía ya estaba arruinada. No puede dudarse de que EEUU necesita satisfacer su déficit de petróleo, ese interés es claramente la principal motivación de su ataque. Pero también es cierto que EEUU produce 13,6 millones de bdp, y que la infraestructura venezolana está en sus peores condiciones. Debe haber entonces más de un interés. Tiene que ver con lo siguiente.
Por muy noble y bienintencionada que sea la preocupación por la “soberanía de los pueblos”, por su “autodeterminación” y por el cumplimiento del derecho internacional, lo fundamental en estos temas es considerar el contenido real de esas ideas, su funcionamiento concreto. Sin duda, el repudio a la injerencia norteamericana en Venezuela es justificado. Pero esa preocupación se vuelve hipócrita, o incluso voluntariamente desinformada, cuando no es consecuente; pues no parece que se aplique la misma vara cuando se trata de China, de Rusia, de grupos paramilitares extranjeros, o incluso de Cuba. Como si hubiera algunas violaciones de la soberanía nacional que son inaceptables, y otras que son discutibles y relegables. Estamos hablando de injerencia constante, directa, concreta e ilegal; de la presencia activa de sus fuerzas represivas; del trabajo indiscriminado de sus servicios de inteligencia; de la explotación brutal, extensa e irresponsable de los recursos del territorio; de contratos financieros de endeudamiento absolutamente imposibles de pagar. Cada quien es libre de investigar. En contra de toda protección, siguen habiendo valientes periodistas venezolanos, y personas que dan su testimonio a riesgo de su integridad. Para colmo, como último elemento, se trata al conflicto del narcotráfico como una mera coartada o excusa, como si el narcotráfico no fuera un negocio multimillonario global; como si no implicara un nivel de degradación humana incalculable en sus consecuencias, por las condiciones de su producción y circulación; como si no asolara cotidianamente la existencia de miles de jóvenes venezolanos.
Si uno quiere pensar la realidad seriamente y en su complejidad, no puede repetir esquemas vacíos, formales, cómodos e indiferenciados. Se debe repudiar el brutal imperialismo de EEUU. Pero contentarse con denunciar sólo eso, actuar e indignarse sólo ante eso, despertar la sospecha y la atención sólo ante eso, dejándolo intencionalmente sin contexto ni trasfondo, en el primer plano: esto es un ejemplo de pensamiento limitado y unilateral. Y esta interpretación, con su pobreza y su aparente pulcritud, no es en absoluto casual. Ese sesgo, ese gran esfuerzo por no investigar ni querer ver la foto completa, ha sido totalmente interesado y buscado, incluso desde comienzos de la presidencia de Chávez. La causa es esta: que todos los gobiernos populistas de Latinoamérica, y una gran parte de los partidos de izquierda, fueron cómplices activos, directos, explícitos y corruptos de lo que ya perfilaba como una de las peores dictaduras de la historia de América Latina: desde Evo, Ortega, Mujica, Kirchner, Lula y Correa, hasta Castro y los diversos Partidos Comunistas, pasando por el trotskismo, el autonomismo y otro tipo de corrientes que permanecieron pasivos, ambiguos y relativamente indiferentes. Hubo excepciones, pero fueron eso, excepciones tan brillantes como escasas. El valor del antichavismo fue cooptado por el ala contraria del arco político. Un hermoso regalo.
Todo ese apoyo se debió a la descomunal riqueza que entró a Venezuela a comienzos de la época de Chávez. No fue obra de un gran programa económico, sino efecto de una contingencia propia del funcionamiento del mercado capitalista: un alza de los precios internacionales del petróleo. No hay un consenso establecido sobre la gigantesca cifra que entró al presupuesto nacional. Con esa inmensa cantidad de divisas, el chavismo esbozó una serie de misiones sociales que, innegablemente, generaron mejoras reales y objetivas, reconocidas por varios observadores, pero que, entiéndase bien, fueron siempre superficiales, irregulares, insostenibles e insuficientes. El aparato represivo se encargó de que el señalamiento de su propia incapacidad fuera censurado, y se tapaba cada error, conflicto o problema con las vendas de los “petrodólares”. Así, la estructura de la sociedad venezolana, lo peor de sus defectos, no sólo se mantuvo intacta, sino que llevó a la creación de un nuevo estamento: un mando armado de militares, entre burgueses, narcotraficantes y administradores estatales, llamado “boliburguesía”. Es muy significativo ese nombre, pues representa cómo en ese mar de derroche incontrolado, de corrupción e ineficiencia, también permaneció intacto el control privado de los medios de producción. Que los dirigentes políticos de los países latinoamericanos sabían de la barbarie que ocurría en Venezuela, mientras aplaudían interesadamente la farsa, de eso sobra testimonio.
Ha sido entonces un muy lamentable favor para el futuro, para todo deseo de construcción de una sociedad más justa, el de haber apoyado desde el extranjero no sólo a Maduro, sino al mismo Chávez. Y también el de haber preferido muchas veces mirar para otro lado. Esto no se debe a que Venezuela tenga en sí misma una importancia singular. Se debe a que millones de trabajadores del mundo entero escucharon hablar a sus compañeros, amigos y parejas recién llegados (repito: 8 millones de exiliados) del desastre delirante y fracasado que se denominó “Socialismo del Siglo XXI”, y a que sus testimonios ayudaron a expulsar las palabras “izquierda” y “socialismo” de su horizonte compartido. Frente a esto, no está demás agregar que los más cotidianos y vergonzosos gestos de xenofobia hacia los exiliados han venido, indiscutiblemente, de los sectores progresistas. Mientras los trabajadores comunes venezolanos y extranjeros se solidarizaban o se rechazaban mutuamente en esa dura competencia diaria que es la vida proletaria (como ocurre con los inmigrantes en todos lados en este mundo globalizado), el verdadero desprecio hacia nosotros ha venido de esa capa de ideólogos, universitarios, docentes, artistas e intelectuales, ofendidos de ver sus inocentes ilusiones desvanecerse ante sus ojos, contradichas por personas de carne y hueso, e incapaces ya de toda condescendencia. Como si no pudieran creer que algunos de nosotros, los otros, pudiéramos ser capaces de esta enorme destrucción, o como si la causa de todo tuviera que ser siempre, para que funcione su esquema, el omnicomprensivo “imperio” norteamericano. Si Trump habla, seguramente hay mentiras tras lo que dice; si Chávez anunciaba la creación súbita de un millón de viviendas, aplauso ciego y a otra cosa. Si pido justicia por algún compañero de mi país de recepción, puedo ser uno más de quienes encarnan demandas legítimas; si pido justicia por Rodney Álvarez, soy un gusano, un “facho”, o alguien al servicio de la CIA. Ni siquiera la vasta ola de inmigrantes desesperados los ha despertado todavía, por completo, de su adolescente sueño acrítico.
Hoy ocurre el peor escenario para un país ya descompuesto y sin salida. Era, también, el único escenario posible. Todo lo demás pertenece al registro de los ideales y valores abstractos, que no existen.
Si a alguien le interesa realmente la política de los otros países, los países ajenos al propio —y no solo como curiosidad, espectáculo o fetiche, sino como algo donde se juega la vida más íntima de seres humanos reales—, el caso de Venezuela es un excelente espejo para medir la altura ética, el compromiso militante, y el rigor intelectual de cada uno. Es decir, una gran oportunidad para afrontar la capacidad que tiene cada quien para ver de sí mismo, ante el desastre que denuncia, el lugar que ocupa.
Por eso Venezuela ha sido esa sutil y constante espina de la época en que nos tocó vivir.





Por que las luchas de la clase trabajadora en Venezuela ha sido derrotada? Porque no tuvo perspectiva Revolucionaria. Todavía estamos a tiempo!!!
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