La falta de inserción en la vanguardia de la clase obrera. Ese es nuestro mayor problema en la izquierda socialista. Lo vemos expresado en la práctica cotidiana de las organizaciones. Práctica que, a su vez, deriva de un programa y una estrategia que consideramos inservibles para luchar por el socialismo.
La clave, para nosotros, es el reformismo de ese programa y esa estrategia. Analizaremos ese reformismo en los conceptos de «transición» y «prefiguración», antes de pasar al de «partido». Esto nos permitirá entender por qué la izquierda (hegemonizada por el trotskismo) milita como milita. Y por qué nosotros (un nosotros que no se limita a VyS) actuamos de manera diferente.
En esta nota editorial vamos a presentar las coordenadas más generales del problema. Y, en sucesivas publicaciones, nos detendremos en cada uno de esos tres conceptos para elaborar un análisis más profundo y pródigo en ejemplos.
Transición
El concepto de «transición» indica que los procesos sociales –y la conciencia de las clases como parte de esos procesos– avanzan de manera continua, gradual, sin saltos ni rupturas, en sucesivos deslizamiento conectados entre sí. Su metáfora privilegiada es el puente. Su sinonimia moderna, la revolución. La revolución ya no como un ciclo que retorna al punto de origen, sino como progreso.
Un primer tipo de transición revolucionaria es el que va de una sociedad precapitalista (feudal o colonial) a una capitalista. Inglaterra 1648, EE.UU. 1776, Francia 1789, América Latina a comienzos del s. XIX… son ejemplos de revolución en ese sentido. Pero, a partir de 1848, en Europa, se vio que las burguesías ya no estaban dispuestas a ir hasta el final en su alianza con los explotados: los burgueses, una vez en el poder, detenían o retrocedían las transformaciones. La hipótesis socialista cobró entonces una fuerza inusitada. Ya no se podía confiar en la clase burguesa para hacer revoluciones: debía hacerlas el proletariado, por su cuenta. En 1871, la sangrientamente derrotada Comuna de París ratificó aquella lección y brindó algunas otras, nuevas.
Los ojos estaban puestos en la unificación alemana y la comuna rusa cuando, tras la Gran Guerra, la revolución de febrero de 1917 instaló un gobierno provisional que no resolvió las tareas pendientes del zarismo. A los nueve meses, la revolución bolchevique tomó estas tareas (propiedad de la tierra; régimen político; paz) y las enlazó con tareas socialistas: la tierra se transformó en propiedad privada, en alianza con los campesinos que apoyaron la socialización de la industria, la banca y el comercio. Esto puso de relieve un segundo tipo de transición revolucionaria: ya no de una sociedad precapitalista al capitalismo, sino de una sociedad precapitalista a una socialista; y ya no dirigida por la clase burguesa, sino por un partido de la vanguardia obrera.
El nuevo tipo de transición soponía una ruptura: quiebre del Estado zarista e imposición del Estado soviético. Y propició el debate entre dos concepciones estratégicas: «revolución por etapas» (primero una revolución democrático-burguesa y, después, el socialismo) o «revolución permanente» (obreros a la cabeza de los campesinos para concretar tareas… a como dé lugar), aunque ambas concepciones debatían sobre un suelo común: (i) que el territorio de intervención no estaba totalmente delimitado; (ii) que las incipientes burguesías locales eran relativamente débiles; y (iii) que existía una clase que no era proletaria ni burguesa: el campesinado.
Los debates en el socialismo intentaron, desde entonces, responder a dos preguntas. ¿Qué hacer con las dos clases no proletarias: burguesía y campesinado? Y ¿qué hacer con las ideas de esas dos clases (las ideas que expresan los intereses objetivos de esas dos clases) en la conciencia proletaria? Esta segunda pregunta es la clave de la lucha socialista.
Al convertir la revolución rusa en un modelo a copiar en todo el mundo, se perdió de vista que Rusia no era el mundo y que el mundo se cubría, implacablemente, de capitalismo. Si en 1917 la apuesta había consistido en unir instancias heterogéneas (revolución burguesa y proletaria; intereses campesinos y obreros; autodeterminación nacional y revolución mundial) mediante un proceso revolucionario, ahora la izquierda se veía obligada a hallar, en una situación homogénea (naciones plenamente capitalistas), las justificaciones para una teoría que supone instancias heterogéneas (de ahí la necesidad de nociones tales como «semicolonia», «pueblos originarios», «precariado», «artistas e intelectuales», «diversidades y disidencias», etc.). Ese forzamiento interpretativo es la estrategia transicional.
La realidad nunca funcionó como el Programa de Transición decía: estancamiento de las fuerzas productivas, direcciones traidoras arrasadas por sus dirigidos, imposibilidad de conquistas en el marco burgués, monopolios controlando la producción y los precios, millones de obreros volcándose al socialismo… Trotsky fue asesinado antes de que tuviera oportunidad de advertir estos errores. Los trotskistas se encargaron de defenderlos, como si fuera aciertos, durante casi 90 años. Pero siempre se trató de un programa y una estrategia diseñados para una época de «guerras y revoluciones», no para épocas de estabilidad democrática; sus consignas eran transicionales, no electorales; se trataba de la acción directa, no de la representación; la propaganda era por el socialismo, no para la campaña de una figura. Esta es la dimensión colosal del extravío que estamos señalando en la política del trotskismo.
Las implicancias del Programa de Transición para la conciencia política también se ponen de manifiesto en la militancia trotskista: la estrategia de consignas escalonadas supone que la conciencia avanza gradualmente, de manera progresiva, de una idea a otra contigua y semejante, de lo familiar a lo familiar, por acumulación de cualidades identitarias. Por eso el trotskismo no expone a todos los candidatos burgueses como «lo mismo», sino que distingue, en un espectro ideológico continuo, sin rupturas, entre «la derecha» y «los moderados», entre los candidatos a los que no se les da la mano y los candidatos a los que sí: porque estos últimos (los peronistas) estarían más cerca del socialismo que aquellos primeros. Por eso Myriam Bregman afirmó, en la entrevista con Pedro Rosemblat de hace unos días, que el peronista Juan Grabois y el peronista Sergio Berni tienen «ideologías distintas».
A grandes rasgos y para concluir este punto, digamos que el esquema de la estrategia transicional sería: las fuerzas productivas ya no pueden crecer –› la burguesía ya no puede dar concesiones –› crecen la desilusión y la lucha –› las direcciones traidoras y «moderadas» defeccionan –› las masas reconocen que sólo los trotskistas son honestos, luchadores y consecuentes –› guerra civil = revolución.
Prefiguración…
…es la idea de que la sociedad futura por la que bregamos, el socialismo, anida en el presente. De que la sociedad en que vivimos está preñada, aquí y ahora, de experiencias que anuncian la vida socialista. Su metáfora predilecta es la semilla. Y comprende dos cuestiones. Una, relativa al saber: la creencia de que se puede anticipar, con bastante detalle, cómo será el futuro. La otra, relativa a las potencias: el presente permitiría el despliegue, en pequeño, de lo que se podrá construir universalmente en el futuro. Veamos.
La cuestión del saber es una especulación acerca de cómo debería ser la vida futura. (Una especulación que, normalmente, coincide bastante con los gustos del prefigurador de turno). Se trata de una prefiguración literaria sostenida en la creencia de que a la clase obrera le faltan «propuestas concretas» a las que brindarles apoyo. Esto oculta, niega o no ve, que la marginalidad del socialismo se debe a lo opuesto: el concreto parentesco con la dictadura soviética, el concreto apoyo a Nicolás Maduro, la concreta defensa de Cristina Fernández. La prefiguración literaria supone, además, que el mundo se quedará quieto mientras lo transformamos en dirección al socialismo: ¿Cómo podemos saber, hoy, qué haremos, por ejemplo, con la energía atómica, el turismo y los libros si desconocemos todos los pasos previos que nos llevarían desde el presente hasta ese futuro? Pensémoslo más domésticamente: ¿Cómo puedo saber a qué colegio secundario irá el hijo que todavía no tuve?
La otra cuestión, relativa a las potencias, es más perniciosa porque suele atribuir esas posibilidades de prefiguración a instancias marginales de la sociedad. Cátedras libres, bachilleratos populares, empresas recuperadas, clubes de trueque, mateadas en un parque, radios comunitarias, ollas populares, sociedades de fomento, huertas orgánicas, murgas barriales… son experiencias presentadas como «semillas de emancipación». Pero en realidad constituyen una reivindicación de la miseria que aleja a los trabajadores de la idea de socialismo. Si el socialismo fuera eso, nadie –empezando por nosotros– lo elegiría. Además, se trata de propuestas que difícilmente ocultan su hipocresía: los progresistas de la prefiguración no envían a sus hijos a bachilleratos populares, sino a los mejores colegios a su alcance. No envían a sus hijos a la Universidad de las Madres de Plaza de Mayo, sino a las universidades nacionales prestigiadas y con los mejores docentes. No tratan de conseguirles laburo en alguna Pyme negrera, sino en emprendimientos que se encuentren en la cúspide de los negocios o en emprendimientos individuales. No mandan a sus hijos a aprender música en una murga, sino en un conservatorio o en el Esnaola.
Nada de esto que decimos supone estar en contra de las tomas, las recuperaciones o las construcciones colectivas de recursos alternativos. Decimos que es necesario explicitar, de manera clara y tajante, que las soluciones extremas y las medidas de lucha no son la prefiguración de aquello a lo que aspiramos. Son apenas tramos, a duras penas avatares, durísimas circunstancias que nos toca atravesar en el camino de la lucha. Pero la lucha es para llegar a otra cosa, a otra sociedad.
Por último, digamos que la prefiguración es el punto en el que todas las presunciones democráticas se derrumban, irremisiblemente. ¿Es el socialismo una sociedad que será construida por las masas autogobernadas? ¿Una sociedad que se impondrá desde abajo? Si la respuesta es afirmativa, ¿qué genio puede prescribir y adelantar los caminos que estas masas elegirán para llevar adelante esa tarea? ¿Qué atajos, qué caminos secundarios, qué retrocesos serán necesarios o serán elegidos por esas masas de trabajadores empoderadas? Y, sobre todo, ¿a qué realidad, a qué problemas se estará respondiendo en ese hipotético momento futuro?
Partido
Hablamos de partido como forma genérica de la acción política concertada. Pero somos concientes de que la forma-partido realmente desarrollada (con reconocimiento popular y capacidad de fijar alguna agenda) es patrimonio de muy pocos, quizás ninguno, de los agrupamientos de izquierda hoy existentes.
Un grupo de militantes socialistas no es un partido socialista en pequeño. Ni el régimen interno, ni los destinatarios, ni los objetivos, ni la retórica y el lenguaje, ni la relación con el conjunto de la clase obrera, son «lo mismo, pero en otro tamaño». Saltos gigantescos y profundas rupturas se interponen entre las actividades y aspiraciones de un grupo y las de un partido. Tener un buró, una jerarquía de militantes («periferia/plenos», «de base/investigadores») y un sistema de sanciones en un grupo de 20 o 30 compañeros nos parece delirante. Querer tener clara la forma organizativa antes de clarificar ideas entre los pocos compañeros que somos es poner el énfasis en el organigrama sin saber, grupalmente, por qué ni para qué militamos. Y lo que es peor: supone que la confianza deriva de la disciplina, cuando en realidad es exactamente al revés.
Aun más radicalmente disruptiva es la comparación entre el individuo y el grupo. El «individuo socialista», el librepensador, no es un grupo reducido a su mínima expresión. Aunque un grupo de 1 parece casi lo mismo que uno de 3, el individuo solitario elude toda una gama de tareas: el acuerdo, el debate, la escucha atenta, la puesta en duda de las propias afirmaciones, la construcción común de un régimen interno, la asunción de errores, la paciencia, la busca de más compañeros. El individuo es lo opuesto a toda agrupación. De hecho, el individuo autodeclarado intelectual renuncia a su responsabilidad educativa hacia los trabajadores, ya que todo proceso educativo supone, esencialmente, continuidad y confianza. O sea, permanencia y compromiso. Nos llama la atención que alguien se considere marxista sin militancia en una organización ya creada ni esfuerzo, junto a otros, por crear una nueva organización. ¿Qué sentido tienen las ideas de Marx (y las ideas políticas en general) sin una organización que las estudie, las debata, las critique, las encarne, las difunda? Las ideas, solas, no hacen nada.
Una organización determinada por los rasgos de la transición y la prefiguración hace proliferar las tareas militantes: como el capitalismo estaría en crisis permanente y la revolución podría acaecer en cualquier momento, casi cualquier cosa se convierte en resistencia, lucha y posible puntapié inicial de un proceso que desembocaría en una revolución. Desde esa perspectiva, casi todo conduce –transicional o prefigurativamente– al socialismo. El problema más obvio es que estas actividades no pueden delimitarse políticamente: una peña es «resistencia», pero hay demasiadas peñas (no pocas mucho más atractivas que las organizadas por la izquierda); pintar una bandera que diga «Las Malvinas son argentinas» es antiimperialista, pero hasta Milei puede tomar esa bandera y llevarla bastante más lejos que Licha Martínez; la consigna «¡Fuera el FMI!» es socialista, pero Néstor Kirchner liberó al país de sus auditorías durante una década. ¿Cómo se puede construir el partido de la revolución socialista si su actividad cotidiana, hoy, es indistinguible de la que realizan fuerzas políticas no socialistas?
La indefinición de las tareas específicas de la militancia socialista se compensa con una ritualizada vida partidaria, carente de conexión con la vida real pero distintiva y protectora de la cohesión grupal frente a otros grupos. Uno de los rituales favoritos consiste en ir, junto a otros grupos de izquierda, a marchar bajo la dirección política de una parte de la burguesía (el peronismo). Se marcha, eso sí, con banderas diferentes y carteles para la foto en las redes, como si la realidad se pudiera corregir en Instagram. Pero lo que realmente sucede es que la confusión se vuelve abrumadora. Lamentablemente, a menudo la militancia se reduce a ese ritual, llamándolo «intervenir en la lucha de clases». Y a dos militantes con pechera de una misma organización se los denomina… «frente de masas».
Otro ritual indefendible para nosotros es la repetición de acciones infalsables, es decir, esas cuya eficacia es imposible de medir en un balance. O peor: esas cuya eficacia se renuncia a medir en un balance. Nos referimos, especialmente, a casi todas la actividades «de agitación». Repartir volantes en una esquina, indiscriminadamente, ¿se mide en cantidad de contactos obtenidos? ¿Se deja de hacer si no se obtiene qué resultado? ¿Vale la pena ese esfuerzo y esa dedicación por los logros que se consiguen? ¿O vale la pena porque la estrategia prefiguradora y transicional no deja mucho para hacer como actividad específicamente política, propia del grupo, y entonces ponemos la mesita?
Otra manera de ritualizar la diferencia marginal, necesaria para garantizar la existencia del grupo, es el culto al pasado: la efeméride, la hagiografía, la estampita, la ceremonia. Recordar a los compañeros que nos precedieron en nuestra misma lucha está muy bien. Dedicarnos preponderantemente a eso es traicionar la memoria que pretendemos homenajear, negar que la acción de esos compañeros estuvo orientada hacia el futuro, no hacia el recuerdo.
Lo gremial, lo político y el salto
La estrategia transicional borra la distinción entre programa mínimo y máximo, entre reivindicaciones dentro del capitalismo y propuestas de superación hacia el socialismo. Es decir, borra la distinción entre lo gremial y lo político. Esto se expresa en la práctica cotidiana de los partidos: en lugar de buscar la más amplia unidad gremial en base a demandas mínimas, se busca en ese terreno marcar la diferencia, fragmentando a los trabajadores. De ahí que la primer tarea gremial del partido sea crear la «agrupación», elegir un color de lista, diseñar un logotipo, bautizar a la corriente con el nombre de un mártir y publicar comunicados «auténticamente luchadores y revolucionarios». El vergonzoso espectáculo de denuncias, insultos y amenazas cruzadas ya es folclórico.
El trotskismo hace política en lo gremial (se divide donde debería haber unidad) y hace gremialismo en la política (frente electoral donde debería debatir el programa). Y es que no sólo ha perdido la brújula del «¡Proletarios del mundo, uníos!», sino que el reverso de esa pérdida de orientación gremial es la pérdida de orientación política en base al ordenador social en el capitalismo: la competencia y la acumulación. El capitalismo no «nos quiere tristes», ignorantes, separados, alienados… El capitalismo nos quiere contribuyendo a la acumulación. Una huelga es objetivamente contraria a los intereses de algún capitalista, pero no es necesariamente contraria al capitalismo en tanto sistema. Que los capitalistas prefieran que no haya huelgas ni paritarias ni derechos laborales no significa que el capitalismo, en tanto modo de producción, no pueda convivir con huelgas, paritarias y derechos laborales. La relación entre esa disputa objetiva dentro del capitalismo y el salto hacia el cuestionamiento del capitalismo no es una continuidad. Ni de los procesos ni de la conciencia.
¿Y cual es la conexión entre ambos mundos? Un salto. Un salto que no surge del automatismo de la vida cotidiana. Sino que se puede producir al conjugar lo que el sistema empeora y dificulta con la acción política consciente, la actividad de los militantes socialistas.




